Las orillas del Manzanares
“La última vez Gramsci habló de “monstruos” fue en el periodo de gran polarización política que precedió la Segunda Guerra Mundial”
El debate en X ya no es debate, es guerra. Me dirán que siempre ha sido así pero no, está peor, los actores políticos están mucho polarizados y exaltados. Y lo veo más en la política internacional. Sigo mucho la política española, seguro porque viví allí unos años. Las podemitas Irene Montero e Ione Belarra están completamente salidas, el fanatismo no les cabe en el cuerpo. En la otra orilla, Cayetana Álvarez de Toledo no necesita levantar la voz para diseccionar a placer a todo el que se le opone con durísimos epítetos y descalificaciones.
Más allá del debate y de la posición que yo pudiese adoptar, los inmigrantes, y más los musulmanes, se han empoderado en Europa: en unos casos cuentan con voceros que se manifiestan en medios, que es justo que los tengan, pero en otros tienden a atentar contra los símbolos católicos en la propia Europa o contra la población en general, precisamente en tiempos en los que, al menos España, los va a regularizar a todos. En estos extremos, cualquier opción resulta atendible, menos la de una integración real y exitosa entre locales e inmigrantes.
Las redes sociales cumplen un rol absolutamente incendiario en el proceso de polarización y tribalización del mundo contemporáneo. He visto, la última década, encenderse rivalidades inactivas y crearse otras nuevas sin razón de ser aparente. En X nadie busca ponerse de acuerdo, la consigna es la destrucción del otro.
Luego, en Europa se habla de la teoría del reemplazo étnico y cultural, parece que estuviésemos viviendo los tiempos de la Alemania Nazi, si no por las políticas, sí por la polarización y por la difusión de ideologías que se descartan recíprocamente la una a la otra. Es la guerra de las ideologías, sólo una debe prevalecer al final del camino.
Esto hay que comprenderlo e interiorizarlo, porque provenimos de los tiempos del cerco o marco democrático. Esto es: dentro de los límites de la democracia liberal, o de la república democrática o de la monarquía constitucional o parlamentaria -al fin, liberalismo político- se admitía cualquier debate, cualquier disenso, pero, al mismo tiempo, se buscaban los consensos: en eso consistía el alma de la democracia.
Comprendámoslo: lo hemos perdimos todo y a nadie le importa un carajo. Vivimos la post-democracia, el neo-fascismo, una nueva era de monstruos como llamaba Antonio Gramsci a las transiciones, a los tiempos que no acaban de definirse. Pero la última vez que el político y filósofo italiano llamó así a un período histórico, nos encontrábamos ad portas de la Segunda Guerra Mundial. Tengámoslo presente.