¡lluvia de millones!

velasco en desfile militar, avenida brasil años setenta 

¡Biba Belasco!

"Había un tema en el inconsciente de todos, relativo a Velasco, un tema muy profundo y complejo que casi nos ha obligado a correr a ver el documental de Gonzalo Benavente, independientemente de nuestra posición sobre el personaje y su gobierno".

Publicado: 2019-11-06


Estábamos en primero o segundo de primaria y el profesor Gutiérrez nos mandó dibujar en nuestro cuaderno lo que habíamos hecho para fiestas patrias. Ese día mis padres me llevaron al departamento que en la avenida Brasil tenían mis tías abuelas Elvira y Elena Revoredo Martínez. La ocasión: ver el desfile militar del 28 de julio. 

Apostado en las ventanas del segundo o tercer piso del edificio tuve una vista privilegiada del desfile, vi los formidables tanques rusos recién adquiridos, las divisiones especiales como Húsares de Junín o Dragones de Domingo Nieto, los soldados rasos, enormes misiles, cañones, los mirages franceses sobrevolando el cielo con un ruido ensordecedor, mejor imposible para un niño de 5 o 6 años. Hasta que el momento esperado llegó, pasó Velasco con su carro descapotable, estaba vestido con traje militar crema o amarillo, con su espada de honor dorada colgando del cinturón, estaba de pie, saludando a la gente que lo aplaudía a rabiar. Le falta una pierna, me explicaba papá Ezio en el camino de regreso a casa, tuvo una operación y se la tuvieron que amputar. Yo le respondí que lo vi de pie, y él me explicó que debía tener una prótesis o pierna sintética.

Por supuesto mi dibujo en el colegio fue Velasco pasando por la avenida Brasil saludando a la multitud y un niño desde un edificio -que debía ser yo- gritando ¡Biba Belasco! Al ver mi dibujo el profesor Gutiérrez me llamó a su escritorio y me dijo borra esto, refiriéndose al ¡Biba Belasco!, me defendí como pude, le pregunté que, si acaso Velasco no era nuestro presidente y Gutiérrez, luego de corregirme las faltas de ortografía, me instó a tachar, delante de él, lo que había escrito, cosa que hice, naturalmente, porque a los 6 años tan revolucionario tampoco era.

Borrar mi “Biba Belasco” me generó sentimientos encontrados, en mi casa todo era Velasco, para empezar mi padre era velasquista y nos enseñaba, no siempre diplomáticamente, que debíamos tratar por igual a todas las personas, que en el Perú todos éramos cholos y que no estábamos para andar choleando a nadie. Esa lección, si duda, fue importante para mí, un niño sanisidrino, que estudiaba en el colegio Franco Peruano que, aunque se preciaba de progresista, era básicamente un colegio de clases medias acomodadas, en las que, en los primeros años setenta, cholear y hablar de la chola que trabajaba en la casa era casi cotidiano entre mis compañeritos de estudios, unos más, otros menos, y otros nada, por supuesto.

con papá ezio en el puente luis pardo, cerca a chiquián. luis pardo fue un bandolero convertido en héroe popular, en casa cantábamos la musicalización del canto a luis pardo que dice" por eso yo quiero al niño, amo y respeto al anciando, al indio que es como mi hermano le doy todo mi cariño"|.   

Las cosas no terminaron allí, en agosto del 75 se produjo el golpe de Morales Bermúdez a Velasco, la noticia corrió en el cole como el agua. No sé cómo, en el recreo de media mañana, todos nos enteramos de que Velasco ya no era presidente y, además, de que iba a haber guerra con Chile, pues ambos rumores sonaron con igual intensidad. Yo lloraba desconsolado en los brazos de madame Lagalise, quien intentaba sin éxito consolarme diciéndome “Monsieur Velasco est parti, mais Monsieur Morales arrive pour le remplacer”. Para mí no era suficiente, debía ser Velasco, pues Velasco o “Belasco”, era el que yo quería, una sensación de enorme vacío e incertidumbre se había apoderado de mí.

Otro recuerdo me traslada algo más de dos años después. Era la navidad de 1977 y Velasco había muerto. Papá nos llevó a su velorio a mi hermano Aldo y a mí. Recuerdo las largas colas alrededor de la Catedral de Lima para verlo, tanto como que nos cruzamos con un intelectual boliviano asilado en el Perú, de apellido Montesinos, vecino nuestro en el barrio, que le dijo a papá murió Chaplin, pues a Charlot no se le ocurrió nada mejor que morirse el mismo día que Velasco, o viceversa.

Pero lo que no percibió papá es que Velasco era el primer muerto que Aldo y yo íbamos a ver en nuestras vidas. A ambos nos impactó mucho ese multitudinario a la vez que solitario encuentro con la muerte, tan dura, pálida e incontrastable, tan adversa a la niñez; y allí estaba mi Belasco, con sus ojitos achinados y cerrados, con el mismo traje amarillo de mariscal del día de la avenida Brasil, tras la vitrina del féretro. 42 años después recién lo he vuelto a ver en su ataúd, en el documental La Revolución y la Tierra, a mi Belasco, a mi primer muerto, es como si tuviese la foto de todos los que he visto, en ese último momento, por eso hace un tiempo prefiero no verlos, salvo que se trate de alguien muy cercano y que me nazca la necesidad de despedirme viéndolo o viéndola.

El 24 de diciembre de 1977 pasaron más cosas, tras regresar de lo de Velasco fuimos con mamá a la Residencial San Felipe y nos encontramos con la tía Gloria que le dijo Murió Velasco, navidad feliz. No, le respondió mi mamá, casi tan sorprendida como yo, pobrecito. Cuando volvimos a casa papá le preguntó concierto orgullo a mamá: ¿qué te parece? Tenía un cuadro pequeño de Velasco en su lecho de enfermo en el hospital militar pero sonriente y sobre él escrito el lema “hay chino para rato”. Papá lo puso sobre la cómoda al lado del comedor como homenaje por su muerte; mamá le dijo, no, mejor, no, es navidad, van a venir visitas.

Poco a poco, con los años fui comprendiendo esos recuerdos, y uno más cuando, en clase, con Velasco aún de presidente, cometí la impertinencia de hablar bien de él, y me saltaron como tres compañeritos y compañeritas a decirme, pero Velasco le quitó tierras a mi abuelo, mi papá, mi tío, mi cuñado y un largo etc. Comprendí que hasta el año 80 Velasco no era consensual, y que, tras retornar Belaúnde al poder, se convirtió en algo así como la bestia negra de la historia del Perú, responsable de todos sus males, raro honor que algunos años después le arrebataría Alan García. La reforma agraria fue una desgracia, los campesinos no sabían trabajar las tierras, deberían devolvérselas a sus legítimos propietarios.

Mi penúltimo recuerdo me lleva a los primeros noventas, mis papás estrenaban la remodelación de la casita de Chaclacayo, que ahora ya era casa, y organizaron una velada con los amigos chosicanos para celebrarlo. Por supuesto les hizo un tour por el nuevo segundo piso, incluida la habitación matrimonial que tenía un lindo y espaciado balcón. El viejo Juan, amigo querido, el mayor del grupo, muy jovial y algo infantil le dijo a papá, todo está muy bien, menos el cuadro de Velasco que hay en tu cuarto; y bueno, se malogró la noche. Debió ser muy difícil haber sido y ser velasquista por aquellos años, y en ese entorno, tanto el profesional como el de las amistades, el viejo la sufrió, pero se mantuvo fiel hasta el final, defendiendo las reformas de Velasco.

El 23 de julio de 2008, por la mañana, papá se encontraba en sus últimos momentos de lucidez, pronto pasaría a la inconciencia derrotado por una neumonía y moriría esa misma noche, la víspera del cumple de mi hermano Andrés, igual cantamos, como siempre en casa, a las doce, por el papá que se fue, por el hermano que cumplía años. Cuando aún estaba despierto, con la mascarilla de oxigeno puesta, lo tomé de la mano y le dije “papá, yo en clases hablo bien de Velasco” y me regaló su última mirada, su miradita esa tierna, de niño, querendona, agradecida cuando no había nada que agradecer, ese fue su último beso.

Han pasado 11 años de esa triste mañana y el documental La Revolución y la Tierra rompe récords de asistencia, nunca un documental o película peruana ha sido tan visto. Yo no soy velasquista, no sé si se trate de serlo o no serlo 43 años después de concluido su gobierno, menos si el que escribe es historiador. Pero había un tema en el inconsciente de todos, relativo a Velasco, un tema muy profundo y complejo que casi nos ha obligado a correr a ver el documental de Gonzalo Benavente, independientemente de nuestra posición sobre el personaje y su gobierno. 

Ese algo está relacionado íntimamente con lo que fuimos, con lo que somos, y con el nuevo rostro que adquirió la nación -pues creo que finalmente tenemos una – después de que Velasco acabó con los enraizados rezagos que el Perú colonial le había legado a nuestra siempre inefable república. Siempre he creído que Velasco triunfó al destruir lo que quiso destruir, pero fracasó al construir lo que quiso construir. De su paso por la historia del Perú no emergió un país industrializado, organizado, emergente y corporativo, y como para el Perú ochentero la crisis, la inflación y el terrorismo fueron demasiado, surgió la informalidad como solución espontánea y en eso nos hemos convertido. No nos engañemos, en el Perú no hay informalidad, el Perú es informal, esa es su nueva esencia, desde allí brota la nación, la comunidad imaginada de Anderson.

El futuro es nuestro; los preocupados por el Estado, la política y todo lo que atañe el Perú formal debemos pensar en cómo comunicar ambas dimensiones del país, pues la clave del desarrollo vive en la posibilidad de que dialoguen y se entiendan. Del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada solo puedo decir que tras él emergió un país socialmente más justo, pero también más complejo y enrevesado, será por eso que vale la pena vivirse como una utopía, como lo vivieron Juan Velasco y mi papá.

Historiador Daniel Parodi: docente en Universidad de Lima y Universidad Católica 


Escrito por

Daniel Parodi Revoredo

Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, Historiador e Internacionalista. Docente en Universidad de Lima y PUCP


Publicado en

Palabras Esdrújulas

PALABRAS ESDRUJULAS por Daniel Parodi