No se relaja y se queda en casa

psicoanalista Julio Hevia, nos dejó hace un año

Julio Hevia, el niño (in)mortal

El filósofo Christopher Rojas, comparte sus reflexiones sobre el psicoanalista Julio Hevia, a un año de su partida

Publicado: 2019-06-29

Nota: Esta nota es de la autoría del filósofo y docente de la Universidad de Lima Christopher Rojas, creí importante invitarlo a mi columna de hoy para compartir el homenaje que hace de la vida y obra de Julio Hevia, quien nos dejara hace un año  

Tracemos el camino alternativo que el poder descuida al querer controlar las rutas oficiales, tendremos luego una mala hierba deleuziana que se desplaza entre los intersticios, inalcanzables en su totalidad, pero por eso mismo seductora para sus lectores. Ejercicio constante a través de sus escritos y a propósito de ellos. De su viva voz degustemos a Hevia, hablemos sobre él, disfrutemos sus mejunjes conceptuales y el goce que procura la bebida y la comida marinada con cháchara, sobre todo y, lúdicamente, en nuestra ciudad.

Julio Hevia (1953 – 2018) fue un ensayista y eso ya son palabras mayores. Los retruécanos surgidos entre los vocablos descoyuntadas y revertidos merced a otros usos, corrobora la mirada epistémicamente infantil que anidaba en él. Esa conexión que pocos autores logran, nutrido desde luego con corrientes francesas de pensamiento del más amplio espectro y llevada a otro nivel, es decir, uniendo y separando perspectivas transgresoras. ¿Qué podría resultar de tal combinación?

Una hecatombe ensayística cuyo radio de acción torna inagotable los mismos temas, las miradas en apariencia agotadas por el intelectual demasiado imbricado al texto y a trabajos exegéticos.

Por eso el trabajo de Hevia aún es poco comprendido, sobre todo dentro de un panorama académico que le teme al ensayo, sea porque lo considera demasiado transgresor sea porque está más cerca de lo literario. Obviando que en ambas vertientes confluye una propuesta teórico práctica que diluye las distancias arbitrarias entre una disciplina y otra.

Es cierto que su prosa extenuante linda con lo barroco y en esa medida exige un entrenamiento especial y un nivel espacial altísimo. Él mismo me contó que Lacan, autor que Julio idolatraba, era llamado el Góngora del psicoanálisis. Borges al respecto decía que el joven escritor es barroco por definición, por timidez. Se trata entonces de ocultarse a partir de un metalenguaje inaccesible.

En efecto, su primer trabajo El limeño como estereotipo (Lima 1988) tiene esa vitalidad irreverentemente abrumadora, sapiencia destilada a través de múltiples referencias teoréticas, así como de líneas inconexas que merecerían aclaración. A lo largo de los años y en posteriores escritos el autor ha priorizado bloques más sólidos y abundado en cuestiones epistémicas de mayor alcance aún.

Huelga decir que, para alguien poco entrenado, leer cuatro o cinco referencias por página resulta farragoso y desalentador. A eso hay que agregarle la óptica transdisciplinar y la propuesta siempre arriesgada de interpretar y proponer una tangente novedosa, más que de moverse en un terreno meramente descriptivo y constante.

Podríamos decir, luego, que su libro póstumo, mejor sería decir el más reciente, es el rizoma que cierra sus publicaciones pero que abre miradas inimaginables sobre algo que nos atañe tanto y es tan evidente en la ciudad y que, no obstante, o precisamente por ello, es soslayado, a saber, el comer, el beber y el hablar.

Los tres, desde luego, ejercicios que no solo versan sobre la oralidad, sino también, nuevamente Julio al ataque, sobre el carácter profundamente experimental del escribir, el leer y el vivir sobre un gramado de madera, donde los comensales, bebedores y habladores se disponen a jugar, a intercambiar verbos sin cesar y hacer alarde de sus capacidades intrínsicamente futbolísticas. De modo que, al igual que García Márquez refiriéndose a Cortázar expresaba su sorpresa ante su muerte, pues de él se creía que nunca envejecía, sino que al contrario, cada vez se hacía más joven y crecía, diríamos que Julio sigue vivo, en sus textos y en sus entrevistas, su voz, su risa y su mirada todavía llenan los espacios y frecuentan las esquinas de Lima.


Escrito por

Daniel Parodi Revoredo

Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, Historiador Docente en U. de Lima y PUCP. Opiniones personales


Publicado en

Palabras Esdrújulas

PALABRAS ESDRUJULAS por Daniel Parodi