el blindaje continúa, sin roche

Mi PADRE, EZIO PARODI MARONE Y EL SUSCRITO, HACE 50 AÑOS, EN SAN BARTOLO 

La distancia que nos acerca

Adonde vas, para un momento, quiero contarte lo que he sido, que tu justicia es mi justicia, que soy tu siembra que ha crecido

Daniel Parodi Revoredo

Publicado: 2018-08-09


Se me hace difícil escribir unas líneas sobre La distancia que nos separa, novela de Renato Cisneros que acabo de concluir. No se me hace difícil por no ser crítico literario pues no pretendo una crítica literaria, sino por tratarse de una historia que a muy pocos les resultará indiferente. La distancia que nos separa dialoga con el psicoanálisis, el autor, que es también el protagonista, se presenta absolutamente desnudo y vulnerable en lo más íntimo de la relación con su padre, el general Luis Cisneros Vizquerra, más conocido como “el gaucho”, vínculo cuyas profundas raíces necesitaba Renato gritar a los cuatro vientos, como una catarsis contendida veinte años.

Me he preguntado muchas veces si existen relaciones fáciles entre padres e hijos, así como si existen papás que no les hacen daño a sus hijos, así sea sin querer, por un comentario desafortunado, por una violencia que a su vez heredaron del suyo propio, o debido a su formación, o a las costumbres de su tiempo. De hecho, la necesidad que más ha despertado en mi esta lectura es hablar de mi padre, que de hecho no fue un militar amigo de Pinochet y Videla, pero sí un hombre que nunca aprendió a controlar su violencia, o al que le enseñaron que no debía controlarla, y que, así y todo, nos amó intensamente a mis hermanos y a mí, tanto como nosotros a él.

Yo también hice las paces finales con mi padre después de su partida. Como dice Renato Cisneros, hay cosas de las que tomas conciencia después, cuando tal vez es tarde. Mi padre sufrió un accidente cerebrovascular el día de las elecciones de abril de 1995, cuando Fujimori barrió nada menos que a Javier Pérez de Cuellar, aclamado ex presidente de las NNUU, pero que le resultó completamente indiferente a un pueblo que entonces se encontraba muy cómodo y agradecido con “el chino” por bajar la inflación y supuestamente acabar con el terrorismo.

Ese día de abril de 1995, mi padre comenzó a agonizar, y lo hizo durante 13 años consecutivos, lenta pero inexorablemente sus facultades motoras lo fueron abandonando, la lucidez no, aunque sí uno que otro recuerdo. De esos 13 años, 6 o 7 los pasó en una casa de reposo a la que fui muy poco en realidad, me costaba verlo así, lo recuerdo gritar mi nombre alegre, feliz, alzando los brazos en signo de victoria, cuando volví de mi posgrado en España y pasé a verlo. Me acuerdo que le acariciaba mucho la cabeza por entonces; también que lo llevé al estadio 2 veces, a ver a nuestro Alianza querido, una vez al Matute, la otra al nacional, las dos veces fue empate, las dos contra el Boys.

La salida más especial que tuvimos cuando ya se encontraba enfermo, fue la noche que lo llevé hasta el club Revolver del Rímac, seguro su última salida nocturna, a conmemorar los 50 años de guitarrista de su pataza Adolfo Zelada, eximio músico afrodescendiente al que mi papá quería tanto como a la música criolla; la que adoptó como un reducto al cual defender, y a la que yo defiendo de la misma manera, como le ha pasado a Renato en tantos pasajes de su vida, en las que se reconoce heredero de su padre, tan diferente a él, pero también tan él.

Algo que siempre recuerdo de mi papá es cuando clasificamos, mi hermano Aldo y yo, unos festejos y zamacuecas míos al festiva Ven Con Tu Canción de la Peña Valentina. Sucedió dos veces, en 1984 y 1986. Las finales fueron en el Teatro Segura, casi colmado de toda la patota del colegio Franco Peruano porque para 1984 yo no acababa la secundaria, estaba recién en cuarto. A esas finales, mi papá fue con su corbata de la suerte, de la que solo recuerdo que era azul, pero el tema es que tras descubrir su existencia me la puse varias veces, así sentía que me parecía más a mi papá, su corbata de la suerte era la mía, él era un poco yo, o mejor dicho, yo era un poco él, cuando me la ponía.

Aldo y Daniel PArodi, junto a norma ARTEAGA, HIJA DE VALENTINA BARRIONEVO, EN PREMIACIÓN DE VEN CON TU CANCIÓN , 1984

Mi papá se fue el 23 de julio de 2008, la víspera del cumpleaños de mi hermano Andrés, 13 años de un proceso degenerativo cerebrovascular le impidieron superar una complicación pulmonar; se fue de a poquitos, cada vez le entraba menos aire a sus pulmones,  había no se qué que le impedía al aire ingresar, hasta que no ingresó más y entró en paro. Minutos después lo declararon muerto. En su velorio, todo aquel que se acercó a verlo escuchó valses de Felipe Pinglo como música ambiental, la que llevamos especialmente para que nadie olvide que se iba un descendiente de italianos pero criollazo de corazón; sobre el saco le pusimos dos banderitas, la del Perú, y la del Alianza Lima; he ahí sus grandes pasiones. 

A meses de su partida, cuando finalmente pudimos reunirnos en Lima Mamá Laura y los cuatro hermanos, Aldo, Daniel, Andrés y Miguel Angel, dejamos las cenizas de papá en el mar de San Bartolo Norte, al final de ese caminito pedregoso que culmina en un trampolín de cemento, frente al islote al que se llega caminando cuando baja la marea. Todos sabíamos que ese era el lugar, pues allí fuimos felices con papá y mamá en los veranos de la década de 1970. Como despedida le cantamos El Pirata, un vals que le encantaba, entonamos una estrofa cada uno de sus cuatro hijos: “ni tampoco me recen, solo pido una cosa, para el día que muera, que me arrojen al mar”.

A ese hombre que fue mi padre, le temí mucho cuando era niño y solía preguntarme inquieto cuando estallaría en cólera de nuevo, al despertarlo de su siesta, porque sabía que volvería a pasar. Eran otros tiempos, otros conceptos, y mucha ignorancia de algunos cuadros clínicos que hoy son absolutamente tratables con fármacos que aquietan fácilmente las aguas de los más enfurecidos. 

Son dos cosas con las que me quedo de mi padre : la primera es su intelectualidad, su profesionalismo y su rectitud, sin las cuales yo no sería yo, y la segunda, pero primera en importancia, su amor, la adoración que les profesó a sus hijos, que me profesó a mí, y que solo sé responder con el mismo amor, independientemente de sus errores, o las eventuales heridas, ya cicatrizadas, las marcas imperecederas que todos los padres dejan necesariamente en sus hijos, como si se tratase de una ley absurda en la que falló no sé si Dios o la naturaleza.

Pero lo que no hacen todos los padres, aunque si la mayoría, es amar entrañablemente a sus hijos y Ezio me amó a mí como el gaucho a Renato, es por eso que me he identificado tanto con su novela, solo posible en un hijo que ha amado a su padre, que lo pregona orgulloso a pesar de todo, y que ha logrado humanizarlo íntimamente ante un público que solo supo de un implacable general. Ahora me imagino a Renato acariciando a su padre, apaciguándole las mismas violencias que las del mío y que padecimos en silencio y juntos sin saberlo, cuando éramos niños.


Escrito por

Daniel Parodi Revoredo

Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, Historiador e Internacionalista. Docente en PUCP, Universidad de Lima y UPC


Publicado en

Palabras Esdrújulas

PALABRAS ESDRUJULAS por Daniel Parodi