¿Hasta cuándo?

                                                                                                                                    estadio de Saint Gall en suiza, 100% peruano                                                                                                        Foto rescatada de: http://www.tododxt.pe/2018/06/03/peru-derrota-3-0-a-arabia-saudita-con-un-doblete-de-paolo-guerrero/

PERÚ: LA NACIÓN DEL FÚTBOL

Los jóvenes de la selección nos han regalado aquel espacio soñado en el que un pueblo sufrido puede encontrarse y abrazarse

Publicado: 2018-06-17


#NaciónFutbolera

Llegó el momento del desengaño para aquellos que piensan que el Perú no es una nación. Aceptémoslo: somos el único país del mundo en tomar una ciudad suiza como Saint Gall y lograr un estadio 100% peruano, él único en dividirle las tribunas a Suecia en Gotemburgo, la tarde que aquel país despedía a su selección antes del Mundial, la única con 70% de público propio en Rusia, en su debut ante Dinamarca, país situado mucho más cerca de Saransk que nosotros, y con posibilidades económicas infinitamente superiores a las nuestras.

La nación peruana, un gran debate que debería cederle su lugar al subsecuente, a aquel que debe discutir cómo es y en qué consiste dicha nación. La nación peruana, lo he dicho tantas veces, se forjó entre los años 1950 y 1990, es la nación cuyos componentes, antes tan separados, se encontraron durante las migraciones del campo a la ciudad, periodo en el que crecieron y se multiplicaron, y también se fueron pues los mismos años de construcción espontánea de la nación, fueron los de la crisis económica, los del estado desbordado, los del terror y la emigración a buscar mejores destinos por el mundo.

Y entonces llenamos Saint Gall -el quinto suyo, los peruanos en el exterior, como me lo comentara mi colega Natalia Sobrevilla- y nos volvimos a ver las caras como en esas cuatro décadas, desde 1950, años en los que finalmente se desbordó la represa, esa impenetrable como el granito que nos separó por regiones, por costumbres, por idioma y hasta por nuestro color; esa que los españoles se esmeraron en construir durante casi 300 años.

En el Perú hay pobreza, hay marginalidad, somos un país patriarcal, conservador, somos un país que no termina de respetar a la mujer. También somos un país que todavía piensa que se puede legislar bajo preceptos religiosos; somos un país en el que la distancia que nos separa es la nula igualdad de oportunidades y la baja calidad de la educación; y somos un país en el que la discriminación racial subsiste y nos recuerda que hay herencias perniciosas que no se han ido del todo.

Pero nadie dijo que ser nación implicaba no tener problemas, y ninguno de sus teóricos confundió nación con igualdad social. Anderson y Hobsbawm definieron la nación como el grupo de personas que comparten costumbres, tradiciones y que, esto es lo principal, se sienten parte de un grupo que anhela expresarse soberanamente en un país para, a través de su Estado, gobernarse a sí mismo.

Cómo olvidar aquella lección del entonces ya septuagenario historiador italiano Ruggiero Romano cuando vino a Lima, principiando la década de los noventa y nos dijo que la nación italiana era el fetuccini. La generación de intelectuales novecentistas probablemente erró al decir que, desde que llegaron Francisco Pizarro y los suyos nació la nación peruana. Es verdad que hubo mestizaje, pero lo que prevaleció fue la división, la separación, el gamonalismo, por qué no llamar a las cosas por su nombre.

Luego la escuela marxista subrayó las separaciones al punto de que nos hizo pensar que éramos solo eso; pero mientras estudiábamos cómo las estructuras sociales del periodo colonial penetraron en las profundidades de nuestro republicanismo, nos olvidamos de ver que precisamente entonces nos estábamos transformando, nos estábamos viendo, nos estábamos juntando. Y no me refiero, reitero, al equivoco enunciado de ser todos idénticos, todos herederos exactamente de la misma tradición; lo que digo es que nos hemos juntado para compartir nuestras tradiciones en el mismo lugar y es así como las compartimos y comprendemos que somos parte de algo más grande. ¿O es que alguien sugerirá que en las tribunas de Saint Gall los peruanos nos dividimos de acuerdo a procedencia o extracción social?

Me hablarán de seguro de todo lo que falta, de lo absolutamente enajenante que es que en las escuelas del Cusco urbano no se enseñe el quechua; y de los comuneros de la selva y de la sierra. Hay tanto que hacer, cómo negarlo. Pero en el Perú la nación, la peruanidad, ya no es más el problema; el problema es el gobierno, la clase política ineficaz, incapaz de pensar un proyecto para todos; la clase económica con una tan discutibe vocación industrial, con sus honrosas excepciones en ambos casos, por supuesto.

Nos han dicho que somos una república sin ciudadanos, luego que somos ciudadanos sin república. Yo creo que somos una nación que recién toma conciencia de ella misma y es en ese sentido que Paolo Guerrero y los jóvenes de la selección están desempeñando un rol fundamental, pues nos han regalado aquel espacio soñado en el que un pueblo que ha sufrido tanto como el nuestro puede encontrarse y abrazarse. Nación ya somos, toca estudiarla y contarle al mundo en qué consiste.


Escrito por

Daniel Parodi Revoredo

Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, Historiador e Internacionalista. Docente en PUCP, Universidad de Lima y UPC


Publicado en

Palabras Esdrújulas

PALABRAS ESDRUJULAS por Daniel Parodi