moras non sacta

todos serán relevados por una nueva generación 

Colapso y derrumbe

Cómo y por qué se muere una generación política

Y al país lo remataron, y lo remataron mal, lo partieron en pedazos y ahora hay que volverlo a armar (Piero, cantautor argentino)

Daniel Parodi Revoredo

Publicado: 2018-03-01

En algunas columnas y artículos académicos he defendido lo que, por defecto, se considera indefendible; es decir, a la clase política de la década de los ochentas. Desarrollo mi punto: ella recibió el país con una inflación de casi tres dígitos, con una impagable deuda externa, con las fallidas reformas de Velasco imposibles de desmantelar, con el terrorismo que le costó millones a un país que ya arrastraba años de déficit fiscal. Por las dos últimas razones, éramos también incapaces de atraer a la inversión extranjera. A todo ello sumémosle el mediodía de la transición demográfica y las enormes demandas sociales que pesaban sobre un Estado desbordado ¿estaba la clase política de entonces, la que fuere, en condiciones de satisfacerlas?  

En este esquema Fujimori fue un tipo con suerte, llegó al poder como resultado de todo lo anterior y le tocaron la caída del Muro de Berlín, el consenso de Washington y el Plan Brady. Por eso siempre lo he comparado con el Belaúnde de 1980; este quería, en materia económica, hacer básicamente lo mismo que hizo Fujimori, y que ofreció Vargas Llosa en su campaña electoral de 1990. Así, liberalizar la economía y deshacerse de la pesada carga de centenares de burocráticas empresas estatales estaba en los planes de AP en 1980. Pero entonces ni te premiaban reduciendo significativamente la deuda externa por venderlas, ni la oposición política y la sociedad, organizada en un fuerte movimiento sindical, estaban dispuestas a renunciar a los derechos adquiridos, entre ellos la estabilidad laboral. Belaúnde o Vargas Llosa la hubiesen tenido mucho más fácil en la década de los noventas, pero esta le tocó en suertes a Fujimori que para nada necesitaba tirarse abajo las instituciones democráticas para aplicar sus reformas liberales. Ya el mundo se había acomodado en ese sentido.

De allí que es fácil colegir que la situación socioeconómica externa e interna y la durísima crisis económica eran prácticamente imposibles de afrontar en la década de los ochentas. Nótese que entonces se aplicaron dos programas: el ortodoxo de AP y el heterodoxo del APRA: ambos fracasaron estrepitosamente, mucho más el segundo, es justo señalarlo.

Pero saltemos entonces a 2018. Tenemos un país que ordenó su economía con el modelo neoliberal aplicado por Fujimori, nos guste o no nos guste. En la década milenio (2000-2010) vivimos un espectacular crecimiento económico a la sombra de las reformas realizadas la década anterior y a la impresionante subida del precio de los minerales,debido a la vertiginosa alza en la demanda china, en plena revolución industrial. De 2011 en adelante hubo cierto estancamiento en dicha demanda, pero nada que una alianza desarrollista de las clases política y económica no hubiesen podido manejar, considerando, además, que entonces ya pasábamos los 70.000 millones de dólares en reservas. El Perú, en esas circunstancias, contaba con los recursos necesarios para iniciar un proceso de desarrollo autosostenido.

Sin embargo, fueron otras tendencias las que la bonanza movilizó en nuestro país. La primera, verdad de Perogrullo, el desarrollo de originales - o la reedición de antiguas y patrimonialistas- modalidades del latrocinio y  el lavado de activos más descarados, a costas de las boyantes arcas estatales. La segunda, menos mediática pero absolutamente visible, la re-feudalización y re-clientelización del país, a base del agresivo populismo implementado por el fujimorismo y de la patéticamente torpe ley de regionalización de Alejandro Toledo, alucinante creación de 24 gobiernos regionales en el preciso instante en que el país tomaba conciencia de que el fujimorismo había aniquilado por completo la clase política ochentera. Esa que me atreví a defender en las primeras líneas de este artículo.

Sin partidos y sin cuadros políticos diseminados por todo el país, el rey de la papa -con el respeto que me merece-, el minero y deforestador informales, cuando no el narco, o eventualmente el contrabandista; o sencillamente, el grupete de sultano pugnando por el canon, se hicieron de ingentes recursos y poder político a través de los gobiernos regionales. Entonces renacieron las redes clientelares de Ramón Castilla de las que habla Carmen Mc Evoy, esas “aceitadas con el dinero del guano” -en este caso, de los recursos del Estado o los cánones- y entonces es por todo eso que estamos como estamos.

En el esquema descrito -al que deben sumarse la explosión de las utopías ideológicas que acompañó la caída del socialismo en 1989, reemplazada por el más absoluto descreimiento pragmático- no fue nada difícil para una empresa como Odebrecht ponerle precio a cada funcionario con poder de decisión en la inversión de sobrevaloradas obras de infraestructura. Hoy, todos ellos han sido mencionados por Barata, todos han dicho que ellos no fueron, pero yo no le creo a ninguno.

En 2000, cuando recuperamos la democracia, pudimos escoger el desarrollo autosostenido, el cambio de nuestras bases productivas, la apuesta por las manufacturas; pudimos escoger iniciar un proceso de industrialización y capitalización como el japonés o el coreano, pero preferimos el pasado colonial, el patrimonialismo, la coima, el latrocinio y la corrupción. No sé, y vuelvo al principio, si la generación ochentera mereció como final el patético y desde ya corrupto golpe del 5 de abril. Lo que sí sé es que la generación política actual se ha ganado a pulso su completo relevo, no por los militares que son parte del mismo estrepitoso fracaso, sino por el siglo XXI, por la democracia moderna, por clases medias profesionales y tecnificadas. La coyuntura augura una revolución, esperemos, como le gustaba decir a José Martí, que esta vez sea democrática, republicana, cívica y moral.

Twitter del autor @parodirevoredo


Escrito por

Daniel Parodi Revoredo

Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, Historiador e Internacionalista. Docente en PUCP, Universidad de Lima y UPC


Publicado en

Palabras Esdrújulas

PALABRAS ESDRUJULAS por Daniel Parodi