hasta siempre, Arturo Corcuera

AUTOGOLPE EN VENEZUELA

VENEZUELA: tantas veces matamos a la democracia

Publicado: 2017-03-30


Corría 1999, cuando Hugo Chávez se hizo del poder en Venezuela y era algo así como el discípulo predilecto de Vladimiro Montesinos y entonces lo tuve como un dictador. Tiempo después se dio cuenta que era más nice vestirse de rojo, hablar de socialismo y de sueños bolivarianos y seguí teniéndolo como un dictador, jamás a ese nivel tuve ningún problema existencial. Hoy Nicolás Maduro se quitó ese mismo polo rojo, que tan apretado le quedaba, para mostrarle al mundo lo que es Venezuela desde 1999: una dictadura, y a mí no me llama en absoluto la atención.

Hoy la crítica más ácida es para la izquierda, la peruana, tan inconsecuente como el tibio twit de su lidereza Verónika Mendoza, largamente superado, hay que reconocerlo, por la posición más firme de Marco Arana. Pero seamos un tanto cándidos e imaginemos por unos minutos que no se trata de millones y millones en corrupción, ni del abuso del poder, ni de silenciar oposiciones, de cualquier color, a través de la tortura: qué parecidos son Castro y Pinochet al final del camino. Imaginemos que todavía se trata de nuestra posición frente a la democracia.

Los viejos apristas siempre lo tuvieron claro. Omitiendo la persecución leguiísta en la década de 1920, en enero de 1932 el presidente constitucional Luis M. Sánchez Cerro decretó una ley de emergencia que anuló precisamente las garantías constitucionales con la finalidad de arreciar la persecución en contra del APRA y destruirla. De allí que en febrero toda su célula parlamentaria fuese detenida nada menos que en la sede del legislativo y seguidamente deportada:Haya, escondido, cayó en mayo, y pasó año y fracción en el panóptico de Lima, en condición de incomunicado.

Será por eso que, más allá de izquierdas y derechas, los viejos apristas solían decir que “más valía una democracia mala que una dictadura regular” y será por eso que, décadas después, el maestro Hugo Neira señala a su turno que “las repúblicas … no podían ser solamente una forma de gobierno sin monarca. Tenía que ser el amor a la ley para todos” y nos dice luego que en América Latina “no se ha aprendido a limitar republicanamente el poder”. Es lo que nos pasó el 5 de abril de 1992, con el corolario de una eufórica multitud que en la Plaza de Armas de Lima vivaba al nuevo dictador mientras pisoteaba la democracia ¿alguien dijo César después de cruzar el Rubicón? Esto es exactamente lo que ha pasado hoy en Venezuela: el color y el siglo son absolutamente irrelevantes.

Entonces que no se rasguen las vestiduras aquellos que pidieron el cierre del Congreso cuando censuraron al exministro Jaime Saavedra, ni los que ya habían comenzado a sembrar el caos en las redes sociales, y a correr runrunes sobre golpes de Estado o proponer adelanto de elecciones contra PPK, para erigir, de una buena vez, a la sucesora de Alberto, por más que Kenji rechine los dientes. Pero súbitamente comenzó la tragedia humana que hoy enluta a la patria por causas naturales y nos acordamos que somos nación o algo parecido, de lo contrario estaríamos enrumbados hacia otra Venezuela, pero "derechistona" y populista. 

¿Quién es capaz de defender la democracia contra lo que fuere: millones de dólares en coimas, amenazantes tanques con soldados apuntando; o alucinados pajaricos rojos predicando el más estrambótico socialismo? Mientras quienes levantemos la mano afirmativamente a esa pregunta seamos apenas unos cuantos, La República -ese modelo que elegimos para regir nuestros destinos democráticamente- no será más que el frío monumento de una mujer cuya larga túnica luce manchada por la sangre de la liberdad, bajo el silencio cómplice de nuestra indiferencia.


Escrito por

Daniel Parodi Revoredo

Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, Historiador e Internacionalista. Docente en PUCP, Universidad de Lima y UPC


Publicado en

Palabras Esdrújulas

PALABRAS ESDRUJULAS por Daniel Parodi